Autora

Sobre quién soy y el por qué de este blog

Tengo 31 años. Nací en Buenos Aires un 16 abril, justo un Domingo de Pascuas. Llegué al mundo a la una y media de la madrugada un poco de improviso, porque no era la fecha prevista del parto. Pesé dos kilos trescientos y era tan diminuta que a mi mamá le daba impresión cambiarme los pañales.

De esos primeros años los recuerdos son un poco intermitentes. La casa en la que vivimos siempre fue y es aún de tipo chorizo, con un patio grande para despatarrarse de un lado al otro. Como éramos tres hermanos y los recursos no sobraban, nos encargábamos de hacer uso de nuestra creatividad y armábamos lo que podíamos con lo que teníamos. Un tobogán con una tabla de madera, peloteros con pelotas de papel y hasta nuestra tienda nocturna de aventuras.

Pertenezco al universo de los hermanos menores. Con Belén nos llevamos cinco años de diferencia y con Gonzalo un año, un mes y dos días. Somos tan cercanos que cuando éramos chicos a veces nos confundían con hermanos mellizos. A los cinco empecé a usar anteojos. De alguien habré heredado los problemas de la vista, no sé si de mi abuelo o de alguno de mis once tíos paternos. Cuando fuimos al oculista y me recetaron los primeros anteojos, mi hermano tuvo mejor suerte que yo y a él no le encontraron ningún problema. Todavía recuerdo el día en que cumplí los seis. Estaba en el comedor y mi abuela me llamó para saludarme. Fue un lapso breve en el que pude percatarme de que estaba creciendo.

Desde chica desarrollé una curiosidad que me acompaña hasta el día de hoy con más preguntas que respuestas sobre todo lo que me rodea. No recuerdo bien cuándo fue, si a los ocho o a los diez, pero un día le dije a mi familia que quería ser arqueóloga. Empecé a leer los libros que venían con los diarios de papel sobre las pirámides de Egipto completamente fascinada por ese mundo. En esos años me regalaron un libro sobre dinosaurios y pensé que podía ser paleontóloga. Un día mi papá me pinchó la ilusión al decirme que no todo era como se veía en las películas y que sería difícil trabajar de arqueóloga. Estábamos en la casa de mi abuela y sentí una desilusión garrafal.

Un resumen diría que terminé la escuela primaria, empecé la secundaria y me convertí en adolescente antes de darme cuenta. Cuando tenía 13 años nos fuimos de vacaciones a Mar del Plata y mi papá compró en una librería de Las Toninas “Tiempo de Matar”, un libro de John Grisman que le robé antes de que él lo pudiera empezar a leer. Fue el primer libro que me atrapó por completo -sin contar todos los que leí cuando estaba en segundo grado de «Las mil y una noches»– al punto que lo devoré en tres días. Era un thriller que narraba la violación de una nena y me impactó de inicio a fin. Lo leía en la playa, lo leía antes de irme a dormir, lo leía en cualquier momento que podía. Mi mamá me trató de aburrida con poca simpatía, pero no me importó.

A los 15 María Elisa, mi profesora de Literatura, nos hizo leer “Como agua para chocolate”, de Laura Esquivel y fue otro de los libros que sembraron en mí algo nuevo. Recuerdo que analizamos el realismo mágico y fue espectacular. Ahí entendí que a veces las palabras pueden decir mucho más y que algunas historias esconden un significado profundo y verdadero.

A los 16 me seleccionaron en la escuela para un “test vocacional”. No recuerdo el nombre de la chica que lo hizo, pero sí que hablamos mucho sobre lo que quería hacer con mi vida en un futuro cercano y después de estudiar un poco mi personalidad, me dijo si no había pensado en ser periodista. Entonces, después de la arqueología, la paleontología y la historia, apareció un nuevo mundo.

Hasta ese momento la gramática nunca había sido mi fuerte en la escuela. Así que cuando terminé el secundario y me dediqué a estudiar en la universidad con una beca completa, me dije a mí misma que haría lo imposible por mejorar. Cuando le conté a mi papá que iba a estudiar periodismo, me contestó que el periodismo era un mundo difícil de acceder, que no pagaban bien y otras cosas más, pero no me importó, me convencí de que, si lo quería, lo iba a lograr. A fuerza de perseverancia.

En primer año de la universidad falleció mi mamá después de ocho meses de cáncer. Y a mí se me desconfiguró la vida por completo. Quise abandonar la facultad, la beca, todo. Un día hasta le escribí un mail a Raquel, mi profesora de Introducción al Periodismo pidiéndole sugerencias sobre qué hacer. Otro día fui a hablar con mi tío Roberto, que trabajaba en la universidad. Estaba muy decidida a decirle que había tomado una decisión y que no habría marcha atrás. Pero él salió de su oficina y ni bien escuchó mis palabras fue explícito: “Andá a tomar un café y más tarde charlamos, pero vos la facultad no la dejás”. Y no la dejé, gracias a él y a todas las personas que me impulsaron a seguir.

Estudiar en la Universidad Católica Argentina fue un desafío y al mismo tiempo un privilegio. Me costó aceptar que, aunque podía ser diferente a la gran mayoría de los que estudiaban ahí, porque no tenía suficiente dinero ni venía de una familia tan acomodada, en el fondo éramos todos iguales. La universidad me dejó buenos recuerdos y amigos que hasta hoy son parte de mi vida. Con el tiempo me convencí también de que lo que lo que me terminaría salvando serían mis convicciones. Ser quien había soñado y quien todavía sueño ser, una periodista. Y así fue. El periodismo me salvó de todas las formas esperadas y me sigue salvando. Me dio la posibilidad de contar historias.

En estos años me di cuenta que lo que cuenta es insistir siempre a pesar de todo. Con incertezas, con fallas, con frustraciones, pero con perseverancia. Y aunque no sé muchas cosas de mi vida, hay algo que sí sé y es que el periodismo sigue y seguirá abriéndome mundos nuevos con cada historia. Y aunque me cierren veinte puertas, las voy a abrir todas. Por eso sigo lanzándome en busca de mundos nuevos a la espera de algo que todavía no encontré y espero encontrar.  Y estoy en eso, encontrándole la vuelta.

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