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Por Florencia Gagliardi |@mfgagliardi

¿Viajás sola?, pregunta el hombre que maneja el taxi. Acomodo mi bolso en los asientos de atrás, dejo la mochila entre mis pies, y le contesto que sí. ¿Te molesta la radio?, pregunta después y le digo que no, que por mí la radio está bien.

Estoy nerviosa. Suelo ponerme nerviosa antes de cada viaje. Es una mezcla de nervios y ansiedad que no termina hasta que otra vez pongo los pies sobre la tierra. Es domingo y el sol adorna con ímpetu las calles de Buenos Aires. Le explico que salí temprano para llegar en hora porque últimamente llego tarde a todos lados.

El señor empieza a relatar una parte de su historia y así, como quien no quiere la cosa, cuenta que empezó a viajar cuando tenía 18 años hasta que cumplió los 50, cuando tuvo a su primer hijo. Después dice que se cansó de viajar y que ahora está contento con la vida que lleva. Entonces es mi turno y pregunto cómo hizo para viajar, en qué países estuvo y si no le gustaría seguir viajando.

El hombre se acomoda los lentes redondos que dejan ver sus ojos grises y suavemente responde. “Estuve en Egipto, Marruecos, recorrí toda Europa, estuve en Estados Unidos y hasta trabajé en las Torres Gemelas. Todos trabajitos simples, viste, en las torres era mensajero”. Después cuenta que se enamoró de la provincia de Misiones, donde vivió 15 años porque un día llegó y quedó obnubilado con el lugar. “En ese entonces viajaba con regatas, fui navegando hasta Europa”.

Mientras el auto bordea la Costanera Norte, a pocos metros de Aeroparque, esboza una sonrisa y dice convencido que manejar es lo que más disfruta de su vida. Que no volvería a viajar porque ya está “viejo”, porque ya viajó mucho. “Yo podría escribir un libro, pero no soy bueno con la escritura, acá la gente sube y a veces los escuchás hablar, y a veces te ignoran y a veces ni te miran, pero vos acá ves todo”.

De repente los recuerdos aparecen sin querer. Entonces el hombre que viajó por todo el mundo y ahora conduce un taxi y dice que está contento con la vida que lleva porque ya se cansó de viajar, se emociona y se le empañan los ojos de lágrimas. Por unos segundos mira al frente, sin devolver la mirada, y cuenta que un día dejó de viajar para convertirse en papá y esposo cuando la vida le dio una familia. Que ya no está más solo. Después el coche estaciona en la terminal de donde salen los vuelos con destino a Bariloche, y el hombre que viajó por todo el mundo se despide con calidez. Yo contengo los nervios y me dispongo a empezar un nuevo viaje.

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