Experiencias

Viajar al pasado

Por Florencia Gagliardi

La vida en retrospectiva. Viajar al pasado a veces es posible. Dicen que uno siempre vuelve a los lugares donde amó la vida. Y yo cada tanto, sin querer o queriéndolo, vuelvo a este lugar, el club Deportivo Español, a donde llegué cuando tenía cuatro años y pasé la mayor parte de mi infancia hasta que cumplí los 12, en el 2002, y por la crisis -o ya no recuerdo bien por qué- el predio del club cerró.

Es martes y en Buenos Aires hace un frío gélido. Es fin de junio y los vidrios del auto están empañados por la mezcla de aire caliente. Antes de que el auto abandone la autopista camino a mi casa de casa de Flores, aparece un enorme cartel verde que dice en letras blancas “Av. La Carra”. Instantes después al fondo de una de las calles se ven unas luces tenues. De un lado una plaza, del otro, varias columnas de cemento que sostienen la enorme estructura de la autopista. Son más de la una de la madrugada y en el aire reina un silencio absoluto.

Por un instante cierro los ojos y vuelven las luces tenues. A lo lejos aparece la entrada del club. Pienso en esa frase que dice que uno siempre vuelve a los lugares donde amó la vida. Y ahora, otra vez, vuelvo a este lugar. Tengo cuatro años y estoy con mamá y mi hermano Gonzalo, de cinco. Caminamos por la calle principal y miramos los alrededores con una curiosidad de recién llegados. Las canchas de tenis y de fútbol, el gimnasio de basket, las piletas de natación. La autopista muy lejos y muy cerca.

Ahora pienso que viajar al pasado a veces es cuestión de segundos. Seguimos caminando hasta las parrillas del fondo. Hay mesas, una pileta para los más chicos y juegos. Mamá inspecciona el lugar sin saber que se va a convertir en uno de los más importantes de nuestras vidas. De nuestra memoria. Con Gonzalo corremos de un lado al otro, subimos a las hamacas y nos tiramos con una energía vivaz por los toboganes que dan a un arenero. La vida en retrospectiva. Y las imágenes cada vez más nítidas.

Aprender a nadar en la pileta con forma de ocho y en la olímpica. Los largos con papá. Los saltos bomba. Los asados en el quincho. Belén, mi hermana mayor, con sus primeros patines. Belén patinando. Belén y sus tarjetas con tinta china. Las tardes jugando al voley, las tardes jugando al paddle, las tardes «cazando» renacuajos. Los otoños y las fogatas. El olor a hojas quemadas. Los inviernos. Los amigos de siempre.  El fútbol y los bailes de verano alrededor de la pileta iluminada con luces de colores. El calor y el sonido de los grillos. Las tardes donde no hacíamos nada. Las tardes donde hacíamos todo. Volver a este lugar para recordar la felicidad.

Abro los ojos y todavía me veo en el club Deportivo Español, con mi flequillo recto y mi cuerpo diminuto, sentada en las reposeras amarillas al lado de mamá. Y la extraño. Todo lo que ya no está, pero que por momentos puedo volver sentir. Puedo regresar en la oscuridad, en las noches de invierno o en las noches de verano o incluso durante los sueños, para sentir en un simple abrir y cerrar de ojos, que es posible atravesar cada rincón de este lugar donde amé la vida. Porque viajar al pasado a veces es posible. Es cuestión de segundos.

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