Existen sólo seis países del mundo donde el aborto terapéutico, que interrumpe el embarazo por razones médicas, está prohibido. Uno de ellos es Chile. A fines de enero , la presidente Michelle Bachelet envió al Congreso una reforma que apunta a dar un vuelco en la legislación actual en tres casos: violación,malformación fetal y riesgo de vida para la madre. Ocurrió después de que en diciembre de 2014, la ministra de Salud Helia Molina dijera en una entrevista con un medio local que existía una especie de “doble estándar”, debido a que en muchas clínicas privadas familias de clase alta habían hecho abortar a sus hijas. Luego de ello, tras la polémica que alcanzaron sus dichos, la funcionaria debió renunciar a su cargo. Días después, sostuvo: “No me arrepiento de nada de lo que digo”.

Foto: Emilia Duclos Última marcha pro aborto en Chile, el 7 de marzo.

Por Emilia Duclos |@EmiliaDuclos | Santiago de Chile 

A los 27 años, Paz (32) quedó embarazada y no dudó en hacerse un aborto. Sus amigas, su mamá y su tía ya lo habían hecho. Fue a un ginecólogo, pagó 500 dólares y se hizo una aspiración que duró diez minutos. Ella es una de las tantas mujeres indignadas por la renuncia de Helia Molina y, pese a que no tiene drama con su experiencia, no quiere dar su nombre porque todavía no le ha contado a su mamá: “Lo vería como un capricho, una irresponsabilidad”.

Me enteré después de dos semanas de meterme con un pinche. Caché los síntomas: me dolían las pechugas, me sentía enferma, estaba rara. Me hice el test y me salió positivo. Conchatumadre, casi me morí. Inmediatamente pensé en mis amigas que se habían hecho abortos con Misotrol, pero no tenía cómo conseguirlo. Me decían que buscara en Internet, pero me daba miedo, quería que alguien me guiara. Llamé a mi tía, una hermana de mi mamá que siempre ha tenido fama de loca en mi familia. Sabía que tenía datos, conocidos, contactos. Al principio me dijo que tuviera la guagua, pero cuando se dio cuenta que yo estaba convencida de no tenerla, terminó contándome que ella también se había hecho un aborto cuando era más joven, en una clínica privada en Viña. Mi mamá también me contó, cuando yo era más chica, que se hizo uno con apoyo de su pareja. No le pregunté detalles, pero me dijo que no era algo agradable y que no tenía otra opción en ese momento, porque ya tenía cinco hijos. Yo creo que sí o sí entre mi tía y mi mamá se pasaron el dato. Aún así no le conté mi decisión de abortar y hasta el día de hoy no lo sabe. Ella es muy castigadora y poco comprensiva, lo vería como un capricho, como una irresponsabilidad. Para mi mamá las cagadas de los hijos no están permitidas bajo ninguna circunstancia.

“Ya sé quién nos puede ayudar, mi amigo Iván, ginecólogo”, me dijo mi tía. Ese mismo día fuimos a verlo al centro, a un típico edificio de consultas médicas. Atendía ahí durante la tarde y en la mañana en distintas clínicas privadas de Santiago. Yo había estado sólo una vez en el ginecólogo, porque en mi casa no íbamos mucho al doctor. Entré a la habitación y estaba la camilla típica. De sólo mirarla me daba nervio, estar ahí con las piernas abiertas era algo violento para mí. “No me voy de acá sin que me des una solución”, le dije al doctor mientras me examinaba. “Va a salir caro, ¿cuánta plata tienes?”, me preguntó. Yo le dije que no tenía ni uno, pero que me iba a conseguir. Me pidió 300 lucas (500 dólares) por todo el procedimiento. Según él, un aborto podía costar hasta 700 lucas (1.100 dólares), pero nos cobró menos porque tenía pocas semanas de embarazo y por ser amigo de mi tía. No sabíamos si él lo hacía habitualmente o no. Yo creo que él es un doctor que hace abortos en casos contados, de extrema urgencia, para salvarle el pellejo a algún conocido. Y obviamente por plata.

Me puso Misotrol en el cuello uterino y me dijo que al día siguiente iba a empezar a botar todo. Me advirtió que las contracciones eran muy fuertes, que había niñas que se empezaban a desangrar y tenían que irse a la clínica o al hospital y las cachaban. Pasé como dos o tres días con unos dolores terribles, acostada, pero no botaba nada. Volví a la consulta y me mandó a hacer una ecografía. Ahí supe que tenía cuatro semanas de embarazo, o sea, no había servido de nada el Misotrol. “Hazme lo que sea”, le dije al doctor con el examen en la mano, “pero yo de aquí no salgo con esta guagua adentro”. Me dijo que volviera a la consulta con una sonda para hacerme una aspiración. Partí a la Casa del Enfermo y la compré. En ese momento si hubiera tenido que cortarme un brazo, me lo cortaba, pero no iba a tener esa guagua. Al otro día fui con mi tía a su consulta. Me acosté en la camilla, metió el espéculo entre mis piernas, introdujo la sonda y me pidió que pujara unas tres veces. Él estaba relajado, super tranquilo, hablaba con mi tía mientras hacía la pega. Yo, en cambio, estaba estresada, asustada por estar haciendo algo oculto. Pero ahora que lo pienso creo que él sabía perfectamente lo que estaba haciendo, no estaba experimentando conmigo, estaba haciendo su trabajo. En total no fueron más de diez minutos y no sentí  ningún dolor, pero sí mucha incomodidad. Cuando terminamos lo que me impresionó fue ver un recipiente metálico con mucha sangre. Me fui para la casa y tome anovulatorios por un mes para regenerar el útero. Durante ese tiempo sangré mucho, me daban unos retorcijones terribles, iba al baño y botaba coágulos enormes. Andaba casi anémica. El doctor me pidió que fuera a controlarme, pero no quise ir más, no por trauma, sino porque pensé que no lo necesitaba.

No fue tan heavy después de todo. Hay exámenes que yo creo que son mucho más invasivos y dolorosos. Llevo un año en terapia y cuando conversamos sobre esta historia yo siempre le digo a mi psicóloga que no tengo ningún rollo con el tema. Fue una situación que vino, que tuve que enfrentar y lamentablemente no pude tomar otra decisión en ese momento. No es un tabú. Lo he hablado con mucha gente, pero todavía algunos se impactan cuando les cuento. Todos tienen que hablar del aborto, tienen que acostumbrarse. Es una realidad.  Por eso me parece una hipocresía todo el juicio contra Helia Molina. Lo que ella dijo es algo sabido. La gente con plata se lo puede hacer de manera segura,  en una clínica, sabiendo que ante cualquier cosa van a tener los medios para poder salvarse. Yo  tuve acceso a esa seguridad porque me lo hice con un doctor, en un lugar donde estaba protegida, pero la gente que no tiene plata se lo hace con cualquier cosa. Lo cierto es que todo el mundo sabe que se hacen abortos. La gente que critica a Helia Molina son los mismos que han contribuido a que esto sea clandestino, desinformado y que sea parte de un negocio rentable para los médicos, que te pueden cobrar lo que quieran.

Gracias a dios yo tenía acceso a Internet, a datos de amigas, contactos de mi tía, pero lamentablemente las mujeres no estamos en igualdad porque muchas no pueden acceder a información, las niñas más pobres que abortan no la tienen. Ahora que viví esta experiencia trato de ayudar a las personas que conozco en esta situación. Hace poco le di el dato del doctor que me hizo el aborto a una amiga que es actriz. Además tengo un tío ginecólogo que vive fuera de Chile y le pregunté cómo conseguir el Misotrol para otra amiga y me recomendó el sitio Women on Web, una página europea que ayuda a todas las mujeres que necesitan abortar. Te hacen un cuestionario online, donás entre 70 o 90 euros, te mandan las pastillas y te van guiando cómo hacerlo.

La mujer tiene derecho a decidir sobre su cuerpo, sobre tener hijos, sobre lo que quiere hacer. Nos han enseñado que tenemos que ser mamás y eso vale callampa, hay que olvidarlo. La que quiere es madre. Uno puede hacer lo que quiera con su vida. Porque cuando uno habla de aborto se siente culpable y no hay que sentir culpa. Hay que agradecer que existe la posibilidad de decidir si tener tu guagua o no.

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