Imperdible crónica publicada en Anfibia. Si todavía no la leíste, no podés dejar de hacerlo. Es de esos textos dignos de leer hasta el final y hasta incluso, emocionarse.

***

Por Pablo Ramos

Entré a la que sería mi última internación estando en pareja, con la relación prácticamente destruida pero en pareja. Aunque ella me iba a abandonar antes de la segunda semana, después de visitarme solo una vez, de ayudar a sostenerle la lengua afuera de la boca a un viejo alcohólico que le terminó vomitando en los zapatos guiso del mediodía. No la culpé. Pero la verdad es que cuando, a la otra semana, no vino, supe que la cosa se me iba a poner difícil. Primero porque de tener a quien esperar yo hubiera podido medir el tiempo de domingo a domingo (de visita a visita de ella); y segundo porque si uno no tenía pareja, lo que exigían los médicos era no tener ninguna relación sexual durante la internación, o sea, durante al menos un año. El internado era mixto pero con las internas estaba prohibida todo tipo de relación, a tal punto que si pasaba uno de los dos tenía que irse. Y cuando después de tres o cuatro meses, te dejaban salir los domingos para pasarlos en familia, el tiempo no daba más que para una prostituta, y una prostituta, de eso doy fe, era el primer paso. El segundo era el vaso de whisky.

Leer más