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Por Florencia Gagliardi | @mfgagliardi

Hace cuatro años ya no está, pero el barrio de Caballito conserva un soplo de su vida. De sus risas alborotadas, de sus berrinches de quinceañera. Dicen que los recuerdos tienen la capacidad de transformarse. Llegan como aromas, sonidos y texturas que recrean instantes. Caballito es un poco ella, la abuela Francisca o Elvira.

No sé cuándo empezamos a ir por las mañanas a su casa, para mí fue desde siempre. Nos despertábamos temprano y nos vestíamos todavía medio dormidos. Agarrábamos las mochilas, caminábamos por el pasillo y nos subíamos al auto de papá, un Renault azul algo despintado. En los días de invierno, cuando el coche no arrancaba por el frío, mi hermano Gonzalo cruzaba los dedos y me miraba con complicidad. Teníamos la superstición de que si hacíamos eso, el auto arrancaría pronto. Avanzábamos por Tandil, hasta la Avenida Directorio y doblábamos en Emilio Mitre, justo en la esquina del tranvía.

Recuerdo que a veces la acompañaba a hacer las compras y salíamos con un changuito rojo. Íbamos derecho por Del Barco Centenera hasta llegar al Mercado del Progreso y de ahí pasábamos al Mercado de Primera Junta. No faltaban nuestros paseos por el shopping de Caballito, donde la abuela frenaba en el McDonald’s y me compraba un helado. Nunca fui muy consciente de su edad, porque para ella siempre fue un tema tabú. Decía que después de los 50 uno cumplía años para atrás, así que por las dudas mucho no preguntaba. La abuela se vestía con polleras largas, pantalones tipo palazos y remeras holgadas. Se maquillaba, perfumaba y pintaba la boca con un labial rosado. No faltaba oportunidad para sus rulos y tintura. La abuela era criticona, a veces caminábamos por la calle y mirábamos a la gente y ella se reía como una adolescente. Me decía “flaca escopeta” y antes de ir al colegio me peinaba con detalle, dejándome una media cola perfecta. La abuela era una mujer sencilla, muy humana, cabeza de familia. Se sentaba en la punta de la mesa y nos miraba a todos con el ceño fruncido y muecas de sonrisa. Se sentaba última porque siempre estaba en los detalles. Tenía un don para la cocina y sus platos eran una delicia. Mis preferidos eran los canelones. Ni bien llegábamos a su casa nos hacía lavarnos las manos casi por obligación. Era meticulosa y muy pulcra. Con la abuela nos reíamos mucho. Después de la sobremesa ella ponía la pava y cebaba unos mates. Era como un ritual. Se sentaba en un sillón destinado para ella y miraba a todos los que pasaban por el pasillo con la puerta medio entreabierta. Sabía quién era la mujer del quinto y también el hombre del octavo, justo al lado de su casa. Ya más de grande a veces se quedaba dormida con la televisión encendida y no faltaban las peleas con el abuelo Vicente, que quería poner una película y ella un canal de chimentos. Cruzaban algunas palabras y lo mandaba directo al cuarto, donde había otra televisión. Él iba callado y asentía todo, porque si la abuela se enojaba el asunto no era fácil de revertir. Podía pasar días sin dirigirle la palabra. Por eso el abuelo ya sabía lo que tenía que hacer. A veces se hacía el tonto y para no discutir le decía a todo que sí. Un poco por eso y otro porque la quería. Una vez me contó cómo se conocieron. Fueron a uno de esos bailes de antes y él la quiso encarar. Ella no le dio la hora y después de un tiempo se volvieron a encontrar. El abuelo le propuso casamiento y la abuela dijo que sí. Así empezaron su historia, con algunos “no” y con algunos “sí”.

Había mañanas en las que mientras cocinaba, la abuela prendía la radio y escuchábamos al “Negro” Oro o a Baby Etchecopar. No entendía cómo la abuela podía escuchar a Baby, que le cortaba el teléfono a los oyentes o les tomaba el pelo. Un día, cuando tenía 11 o 12 años le pregunté por qué. Creo que ella se río y no dijo mucho más. Recuerdo perfecto la escena en la cocina, con la radio encendida de fondo. En verdad recuerdo muchas cosas de mi abuela. Nuestros paseos por el Parque Chacabuco, cuando estacionábamos el taxi del abuelo Vicente, un Dacia impecable y contemplábamos la tarde sobre la Avenida Asamblea, tomando mate y charlando de la vida. Recuerdo sus llamados por teléfono, sus mensajes en el contestador y los “te quiero”.

La última vez que la vi fue un 16 de abril, el día de mi cumpleaños. Le dije que la iba a visitar pronto y le recordé que la quería. Una mañana me despertó el ruido del teléfono. Era papá, que decía que vistiera rápido, que la abuela se había caído. Agarré lo primero que pude y con el corazón afuera del pecho corrí hasta la esquina para tomar un taxi hasta el Hospital Durand. Cuando llegué lo vi al abuelo Vicente agarrándose la cabeza con las dos manos y a mi familia con cara de desconcierto. Al rato salió de la guardia una de las médicas y dijo que lo lamentaba, que no habían podido hacer nada, que la abuela había fallecido. Lloramos abrazados entre lágrimas. Sentimos, todos, el vacío de cerca. Y nos unimos para sobrellevar juntos la pérdida.

Pasaron los días y el tiempo dejó su huella. Muchas veces me pregunté qué habría pasado si la hubiese visitado antes. Me hubiese despedido con más abrazos, más palabras, más besos, diciéndole cuánto la quería. Ahora vivo en Parque Chacabuco, a una cuadra de Avenida Directorio, justo en el límite de Caballito, a metros de la esquina del tranvía. A veces camino por la calle, cierro los ojos y la encuentro. Siempre llega con sus risas alborotadas de adolescente quinceañera. Con su aroma típico. Ahí está la abuela. Mi querida abuela.

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