17 Por Florencia Gagliardi | @mfgagliardi

Los 17 del mes son algo atípicos. Todos, sin pensarlo, me llevan a vos. Varias veces escuché decir que una vez que la muerte te sorprende, lo que subyace es el alma.

Y ese día lo entendí. Tengo la sensación de que hubiera sido ayer, pero el tiempo es demasiado fugaz. Era marzo de 2008 y el reloj marcaba las once de la noche cuando me llamaste de sorpresa.

Por algún motivo querías hablar conmigo. La urgencia me resultó extraña. Después de un rato me viniste a buscar y fuimos a tu casa. Ese día me contaste de los nódulos en el pecho. Al principio me asusté y me desesperé. Después apareció el miedo. Intenté retomar la calma y pensar en frío. ¿Qué era lo peor que podía pasar?

Según la Organización Mundial de la Salud «cáncer» es un término que designa un grupo de enfermedades que pueden afectar cualquier parte del organismo, también se habla de «tumores malignos». Cuando la enfermedad avanza las células enfermas se multiplican y se contagian otros órganos del cuerpo, lo que se conoce más bien como metástasis.

Cáncer es mala palabra. Es sinónimo de que algo no está bien. Siembra duda, incertidumbre y pánico. Empecé a considerar la posibilidad de tu enfermedad después de esa noche. Y me cambió la vida, porque, de un momento a otro y en cuestión de segundos entendí que te iba a perder.

***

Días antes de conocer los resultados de la biopsia viajamos a Córdoba. Uno de tus once hermanos nos recomendó que fuéramos a Villa La Bolsa, un pueblo que está en la ruta cinco, en la provincia de Córdoba. Allá nos esperaba Asunción, una hermana franciscana que más tarde iba a dejar una huella en tu vida y en la mía.

Caminos de tierra y montañas. Alrededor, un centenar de casas replegadas entre sí. Entre todas había un complejo de la congregación de los hermanos Maristas. El lugar conservaba intacto un dejo del pasado y en el aire se respiraba frescura. Al fondo había un arroyo, rocas y pinos. Todavía recuerdo como si fuese ayer mi afán por no despegarme de tu lado. Tampoco me olvido de que por momentos el terror se apoderaba de vos y después de mí, que no toleraba la idea de perderte.

Al segundo día nos encontramos con Asunción y hablamos de nuestras vidas. Nos contó que había ingresado a la congregación cuando tenía los 18 años. También nos habló de lo que sintió cuando comenzó a misionar en una comunidad wichi en el pueblo salteño de Santa Victoria Este. A ese lugar también habían viajado varios médicos, entre ellos Alejandro, tu hermano.

El viaje se transformó en una especie de despedida que se prolongaría por varios meses. Todavía no sabíamos con certeza que tenías cáncer. Tampoco que, a causa de ese contagio estrepitoso de células malignas, el tumor se extendería del pulmón al hígado y de ahí al cerebro.

Asunción, que tenía 80 años pero parecía de 60, nos llevó a recorrer la ciudad más próxima: Alta Gracia. Cincuenta mil habitantes. Barrios antiguos. Una vieja estación de trenes. Un casino y varias plazas. El lugar principal: una capilla jesuítica del siglo XVII, en la que hicimos una pausa antes de regresar.

Ahí, un cura amigo de la franciscana te estaba esperando para darte uno de los sacramentos que se les da a las personas que padecen enfermedad terminal. También a los ancianos. Por eso ambas fueron uncidas con óleo en un rito especial por el que se pasa una sola vez. A la vuelta se confirmó que el tumor era maligno.

Un domingo de abril la familia organizó un almuerzo. Después de un rato un tío me llamó. Recuerdo su rostro serio y preocupado. Ese día me enteré que te quedaban dos meses de vida. Aunque después el tiempo jugó a nuestro favor y te quedaste hasta noviembre.

En los meses que siguieron arrancaste con la quimioterapia, se te cayó el pelo y te abatieron de tantos medicamentos. Aunque intentabas disimularlo, había días en los que  sólo querías dormir y ausentarte de la realidad. Por eso quise abstraerte de todo, incluso de tu propia enfermedad, que en parte también era mía. No podía aceptar la idea de dejarte ir, pero tampoco podía ceder, así que me mantuve firme.

En julio supimos que Asunción estaba en Buenos Aires tratándose en el Hospital Británico con motivo de un dolor que la aquejaba desde hacía días. Más tarde nos enteramos que el dolor era producto de un cáncer y que en su caso era de hígado. Ahora sí había una causa que las unía. Las dos se enfrentaban a la  misma lucha.

El 6 de agosto la enfermedad avanzó y te dejó como secuela un edema cerebral. Estabas confundida y perdida en el tiempo. Ese día marcó un quiebre y fue el comienzo de un final que ni los corticoides ni las sesiones de rayos pudieron frenar. A fines de octubre Alejandro predijo lo que finalmente ocurriría: de un momento a otro y en cuestión de poco tiempo el ataque sería fulminante.

Los días pasaron de largo y se fue acercando el final. La noche de un jueves de noviembre te agarró un ataque de epilepsia. Estaba a tu lado cuando te vi en un estado de convulsión total. Corrí a la sala a buscar el papel en donde estaba anotado el número de emergencias y sin pensar, llamé. Lo único que recuerdo es mi estado de pánico. Al otro lado del teléfono una mujer intentaba calmarme.

A primera hora de la mañana fui corriendo a buscar la medicación. Cuando volví era tarde. Había una ambulancia en la puerta de casa y te estaban trasladando al sanatorio. Ni bien entré a la habitación vi que una máscara de oxigeno te rodeaba la cara y quedé impactada. Un sabor amargo me recorrió por completo el cuerpo. En las horas que siguieron no nos despegamos de tu lado. Los recuerdos que habitan mi mente son palabras, olores y sensaciones que hoy quedan algo sueltas.

El domingo por la noche Alejandro se quedó con vos y el resto volvió a casa. Yo decidí que no estaba lista para volver. Así que me fui a lo de un familiar que vivía cerca y por primera vez después de ocho meses sentí paz. A la mañana me levanté y fui a la clínica. Te tomé las manos y besé en la mejilla. Tenías un semblante cálido y sereno. Al rato un temblor te recorrió el cuerpo. Mi desesperación fue tan abrupta que salí corriendo a pedir ayuda. Era el final. El oxígeno en sangre empezaba a evaporarse lentamente y vos con él. 

Te sostuve las manos y en un mensaje que entablé sólo con vos, firme y con un terrible dolor, te dejé ir. Un halo de luz se esparció por la habitación en la que estabas ya dormida, en trance a un lugar mejor. Quedaba tu cuerpo, pero vos te habías ido. Al día siguiente partió Asunción, en una tarde de sol y alegría para los ángeles que habitan el cielo.

En los meses que pasaron dejaste tanto rastro como pudiste. Te apareciste en mis sueños y pude sentir la vibración de tu presencia de a ratos y a momentos. Un día, de casualidad, encontré entre tus cosas un llavero que llevaba escrito tu nombre y decía lo siguiente: “Victoria: advocación de la virgen María, Nuestra Señora de las Victorias, 17 de noviembre”.

Marzo de 2013. Pasaron más de mil días sin verte y todavía puedo sentir que estás acá, que no te fuiste. De a ratos evoco tu voz y acaricio la idea de volverte a encontrar. Me gusta recordarte así, entera y resplandeciente. Y no me detengo porque sé que en cada paso una promesa intacta que nos mantiene unidas hoy y todos los 17.

 

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