escribirEstá sentada frente a una página en blanco. Escribe lo primero que se le viene a la mente. Tiene la historia dando vueltas en su cabeza desde hace tiempo. A veces se levanta a mitad de la noche con un ojo abierto y otro medio cerrado y anota en un papel las frases que le hablan dormida. Siempre tiene a mano un lápiz en caso de que alguna oración la encuentre desprevenida. Pero ahora está sentada frente a una página en blanco. Entonces recuerda una frase de Marguerite Duras que dice que hay que “escribir a pesar de todo pese a la desesperación. No: con la desesperación”. Y así, con la aceptación de la desesperación, escribe. Por momentos el mundo desaparece y sumergida en el silencio, la historia le susurra el camino a seguir. A veces aparece así, con fluidez, y teclea con emoción cada palabra, mientras intenta conectar las partes del relato. De a ratos piensa por dónde ir. Por dónde no. Qué quiere decir. Entonces, mientras las agujas del reloj corren con cada tic-tac, escribe, escribe, escribe.

Las horas corren pero ella sigue sentada frente a la computadora, buscando sentido, resistiendo la frustración de a veces no saber cómo decir lo que quiere decir. Se levanta de la silla y camina hasta la cocina. Prende la pava portátil color rojo y observa cómo sube la temperatura hasta llegar al punto de ebullición que indica que el agua está lista. Se sirve café en una taza, agrega dos cucharadas de azúcar blanca y vuelve a la computadora después de dar vueltas por la habitación. Escribió miles de caracteres pero todavía falta el final. Por momentos lee fragmentos de otros autores: “Subrayados”, de María Moreno y se detiene en una frase que habla de una “literatura donde solo la selección, el montaje y la compaginación de un testimonio ‘abren infinitas posibilidades artísticas”. Después lee con ojos atentos “Viajes con Heródoto”, del polaco Ryszard Kapuscinski. Y vuelve, segundos más tarde, a otro fragmento de Marguerite Duras que le hace sentir cierta complicidad: “Mis libros salen de esta casa. También de esta luz, del jardín. De esta luz reflejada del estanque. He necesitado veinte años para escribir lo que acabo de decir”.

Se pierde en textos de otros, y vuelve al suyo, apartado a costado durante un rato. Ahora sí se sumerge en el clima de las palabras, los sonidos y el ritmo. Mientras construye el final, siente la excitación de la historia. Busca las voces y deja correr la imaginación. Se imagina al protagonista de su historia andar en bicicleta por las praderas de alguna montaña y siente libertad. Siente la emoción agitada en la respiración, la intimidad con el texto y las palabras. Sigue escribiendo. Escribe la última frase y cuando está a punto de escribir la última palabra, suspira, con nostalgia, con agitación y felicidad. Se acomoda en la silla y relaja los músculos algo adormecidos. Con las manos en la computadora, contempla el texto. Hace clic con el mouse. Mira para arriba y después para abajo. Aunque todavía falta el contorno, se siente osada y completa. Como el protagonista: libre entre praderas.

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