Relatos de la cuarentena

En la casa donde vivo hay fantasmas

Este cuento es parte de la serie de textos del Mundial de Escritura y está inspirado en el siguiente hilo de Twitter.

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Hay un portal entre la vida y la muerte. Hay vidas que nunca se van. Isabela lo supo desde el primer día que entró a esa casa a la que llegó de forma inesperada para trabajar durante tres semanas como niñera en el sur de Francia. Era un verano de agosto y su próximo contrato con la siguiente familia empezaría recién en septiembre. Por eso cuando le avisaron que tendría que mudarse de forma repentina, Isabela aceptó. La plata no era buena, pero le ofrecían un lugar para dormir y comida. El plan cuadraba a la perfección. Nunca se imaginó, sin embargo, que viviría las tres semanas más inquietantes de su vida. Todavía se le eriza la piel y siente escalofríos cuando piensa en ese lugar.

Justo tres días antes de llegar, conoció por Skype a la nena que tendría que cuidar. Amelie tenía tres años y una dulzura que encandilaba. Era diminuta y había en ella una gracia especial, enigmática. Isabela la saludo y después hizo lo propio con su mamá, que se llamaba Margot y Sophie, la abuela de Amelie. Las dos mujeres se presentaron con una sonrisa cordial y le comunicaron cuáles serían sus tareas a partir del día de su llegada. Lo único que Isabela quiso saber ese día fue si tendría una habitación propia para dormir. En las casas donde había trabajado solía quedarse casi siempre con los nenes que cuidaba, pero esta vez quizás era distinto. Y estaba en lo cierto. “Claro que vas a tener tu cuarto, quédate tranquila”, le dijo Margot, que se mostró complaciente. En esa conversación no hubo nada que llamara demasiado la atención. Al fin de cuentas –pensó– se trataba de un trabajo más y pasaría después de algún tiempo a formar parte de alguna lista de anécdotas para contar.

La casa quedaba en Grenoble, una ciudad de casi 160 mil habitantes, más conocida como la capital de los Alpes, a cinco horas de París, el próximo destino de Isabela. No sabía casi nada del lugar, pero a simple vista, parecía una buena opción. Además, estaba cerca de Marsella y si quería, podía cruzarse a Italia, porque total Torino estaba al lado. Se tomó el tren desde su vieja residencia como au pair, en Toulouse, y cuando llegó la estaba esperando Chandler, el abuelo de la pequeña. Eran más de las dos de la tarde. Isabela, que tenía 25 años y sabía el francés casi a la perfección porque lo había estudiado durante toda su vida, y que también hablaba inglés, se dejó llevar por la conversación, mientras el auto se alejaba cada vez más de la ciudad y se adentraba en la montaña.

Habrá pasado casi una hora, hasta que el auto de Chandler estacionó en la que sería su nueva casa durante tres semanas. Era un castillo fortificado del siglo XII ante el que Isabela no puedo contener la sorpresa. “¿Es acá, o tenemos que hacer una pausa y seguimos viaje?”, le preguntó al hombre, que debía tener alrededor de 75 años y era tan encantador que le recordaba a su abuelo. “Sí, es acá. Ah, por cierto, es un castillo”, le contestó, para sopesar todas las dudas que –sabía– aparecerían en la mente de Isabela. Los muros eran de roca y los techos circulares. ¿Cuándo lo habrían construido?, se preguntó para sí misma en silencio. Bajó del auto, agarró su valija y con Chandler entraron, por una de las puertas laterales a la cocina, donde estaba Amelie, sentada en una de las sillas jugando con una muñeca que parecía de otro siglo. Los ojos azules de vidrio y el cuerpo, de porcelana. “Bonjour Isabela, ravi de vous rencontrer”, le dijo Margot, cuando la saludó para presentarse.

Después de un rato la llevaron hasta su habitación, donde se acomodó rápidamente y les agradeció por la grata recepción. Cerró la puerta, respiró profundo y pudo entrever, mientras observaba cada objeto del cuarto con cierta intriga, que había en ese lugar, un halo de misterio. Se sentó en la cama, cubierta por una manta blanca y cuando miró al techo, vio la pintura descascarándose. Las paredes, cubiertas por un empapelado antiguo, estaban repletas de humedad y había colgados dos cuadros en blanco y negro. En uno de ellos aparecía la figura de una mujer y por su posición Isabela pensó que podría tratarse de una mártir. Del hombre lo único que se veía era su cara. Eran cuadros antiquísimos. Quizás los había dibujado alguien a mano o quizás no, se aventuró a pensar Isabela, mientras le mandaba un mensaje a su familia para avisarles de su nueva aventura en un castillo. Al frente de la puerta, una de las paredes aparecía cubierta con una enorme tela rosa, y había un marco de madera. Quizás había sido un pasadizo para llegar a otro lugar. O quizás lo habían cubierto para no dejar en evidencia algo secreto. Isabela siguió haciéndose preguntas hasta quedarse dormida.

A la mañana siguiente se despertó por un ruido extraño. Se levantó de un sobresalto y cuando vio el reloj eran las siete de la mañana. Con los ojos ya entreabiertos y un aliento pastoso, fue hasta el baño, que quedaba a pocos metros de su habitación, se lavó los dientes, se bañó y se preparó para su primer día de trabajo. Amelie todavía dormía, por eso aprovechó para ir hasta la cocina a hacerse un café con leche, que acompañó con unas tostadas y una mermelada casera que habían dejado preparada –parecía–el día anterior. Como todavía no había mucho movimiento, aprovecho para recorrer el castillo. Los pisos estaban cubiertos de alfombras y las paredes rasgadas por el paso del tiempo, eran de un color bordó que provocaba sensación de encierro. Había espejos señoriales y cuadros en los que aparecían personas que parecían ser de la burocracia francesa. En el hall había, además, un cochecito de bebé, tapado con una sábana blanca, que le generó intriga.

Esa mañana Margot, que ya se había encargado de vestir a Amelie con un vestido azul marino de pintitas y unas sandalias blancas, bajó las escaleras del segundo piso con la pequeña de la mano. Isabela se acercó, le sonrió y le preguntó si querían jugar. La nena le respondió con una mirada cómplice y aceptó la invitación. La conexión entre ellas fue automática. Con el correr de los días, Isabela descubrió que Amelie adoraba jugar con su perro Ange, un poco veterano, pero todavía con un espíritu enérgico y que los ojos se le iluminaban de alegría cada vez que iban juntas a caminar por los alrededores del castillo y aparecían los gansos. También que le gustaban las flores y que cada tarde, cuando iban a la granja, la nena saludaba a las vacas como si fuesen parte de su familia. Era un lugar de dimensiones exorbitantes y con demasiado misterio para una criatura de tres años, pensó Isabela. Con los días descubriría que en ese castillo había muchas más vidas de las que se podían ver. Porque hay vidas que nunca se van.  

A Amelie le gustaban también los cuentos. Una noche, antes de que la nena se durmiera, Isabela probó de leerle uno. Era de noche y el aire, un poco húmedo y pegajoso, se mezclaba con los ruidos de los grillos. Isabela se acostó con la nena y antes de que se quedara dormida le hizo una pregunta. “¿Quién más vive en ese castillo, Ame?”, le dijo, mientras veía cómo sus párpados se abrían y se cerraban producto del sueño. “Un señor y una señora, a veces los veo y ellos me hablan”, atinó a contestar la nena antes de quedarse profundamente dormida. Esa noche Isabela se quedó pensando en las palabras de Amelie, que la dejaron atónica. Sintió el mismo escalofrío que la acompañaría en cada pensamiento durante un largo tiempo. Pensó en contárselo a Margot, decirle que su hija veía fantasmas, pero después apaciguó el miedo y se olvidó. Isabela sabía que en ese lugar vivían sólo ellos. ¿Pero, quiénes serían esas personas, cómo es que Amelie los podía ver?

Dos días antes de su partida, sucedieron una serie de fenómenos extraños. Una tarde Isabela escuchó que Sophia, la abuela de la nena, la llamaba desde el jardín y cuando se acercó a preguntarle qué necesitaba, para qué la había llamado, le dijo que nunca había pronunciado su nombre. Esa misma noche, Isabela cenaba junto con Margot y Amelie, cuando de repente escucharon que se abría la puerta principal de la casa. Margot se levantó de la mesa para ver quién era, pero una vez allí se dio cuenta que no había nadie. O al menos nadie que ella pudiera ver. Cada tanto Isabela piensa en el castillo donde vivió durante tres semanas y siente un poco de nostalgia. Se acuerda de Amelie y piensa cómo será su vida, habrá crecido mucho, quién será su nueva cuidadora. ¿Seguirán visitándola ese señor y esa señora a los que sólo ella podía ver? Isabela no tiene respuestas. La inquieta pensar en ello. Sabe que hay vidas que nunca se van. Y cuando piensa en ese lugar, todavía se le eriza la piel y siente escalofríos.

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mfgagliardi

Estudié la Licenciatura en Comunicación Periodística en la Universidad Católica Argentina. En tercer año de la carrera empecé una pasantía en el diario La Nación que me permitió conocer el mundo del periodismo gráfico por dentro y adquirir nuevas herramientas para la producción y edición de noticias en el sitio digital lanacion.com.ar.

A los 24 años ingresé como redactora y editora del portal económico iProfesional, donde realicé producciones de notas vinculadas a temas económicos y políticos. Allí trabajé durante un año y luego me convocaron como redactora digital del canal de televisión de noticias Telefe, donde me desempeñé desde el 2015 hasta marzo de 2020 como redactora en la página www.telefenoticias.com.ar.

En el 2016 hice una especialización en Periodismo Narrativo en la Fundación Tomás Eloy Martínez, a cargo de la cronista Leila Guerriero y en el 2018 participé como adjunta de cátedra de la materia "Técnicas de Redacción para Medios Digitales", en la Escuela de Comunicación ETER.

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