Recuerdos de mi abuela

Recuerdos de mi abuela

Por Florencia Gagliardi | @mfgagliardi

Hace cuatro años ya no está, pero el barrio de Caballito conserva un soplo de su vida. De sus risas alborotadas, de sus berrinches de quinceañera. Dicen que los recuerdos tienen la capacidad de transformarse. Llegan como aromas, sonidos y texturas que recrean instantes. Caballito es un poco ella, la abuela Francisca o Elvira.

No sé cuándo empezamos a ir por las mañanas a su casa, para mí fue desde siempre. Nos despertábamos temprano y nos vestíamos todavía medio dormidos. Agarrábamos las mochilas, caminábamos por el pasillo y nos subíamos al auto de papá, un Renault azul algo despintado. En los días de invierno, cuando el coche no arrancaba por el frío, mi hermano Gonzalo cruzaba los dedos y me miraba con complicidad. Teníamos la superstición de que si hacíamos eso, el auto arrancaría pronto. Avanzábamos por Tandil, hasta la Avenida Directorio y doblábamos en Emilio Mitre, justo en la esquina del tranvía.

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Escribir a pesar de todo pese a la desesperación

Escribir a pesar de todo pese a la desesperación

Está sentada frente a una página en blanco. Escribe lo primero que se le viene a la mente. Tiene la historia dando vueltas en su cabeza desde hace tiempo. A veces se levanta a mitad de la noche con un ojo abierto y otro medio cerrado y anota en un papel las frases que le hablan dormida. Siempre tiene a mano un lápiz en caso de que alguna oración la encuentre desprevenida. Pero ahora está sentada frente a una página en blanco. Entonces recuerda una frase de Marguerite Duras que dice que hay que “escribir a pesar de todo pese a la desesperación. No: con la desesperación”. Y así, con la aceptación de la desesperación, escribe. Por momentos el mundo desaparece y sumergida en el silencio, la historia le susurra el camino a seguir. A veces aparece así, con fluidez, y teclea con emoción cada palabra, mientras intenta conectar las partes del relato. De a ratos piensa por dónde ir. Por dónde no. Qué quiere decir. Entonces, mientras las agujas del reloj corren con cada tic-tac, escribe, escribe, escribe.

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Alejandro, mi psicólogo

Alejandro, mi psicólogo

Él probablemente ni siquiera sepa que escribo esto. Digo probablemente porque quizás nunca se entere. En una libreta de tapa dura y hojas rayadas hay un nombre y un teléfono. En una de las primeras páginas aparece escrita una dirección, un barrio y cuatro líneas de colectivo. Me acuerdo que eran cerca de las 12 del mediodía de mayo de 2015. En realidad no supe bien qué decir, ni cómo. Así que llamé y dije esto: “ Una amiga me dijo que podía llamarlo, que no iba a perder nada, porque a ella la había ayudado y que a mí podía ayudarme. Al otro lado del teléfono la voz se escuchaba suave. Después de preguntarme mi nombre y anotar mi teléfono, acordamos un lugar y hora. Así empezó todo.

Cuando hablo de él, hablo de mi psicólogo: un hombre de quizás sesenta y pico de años, pelo ceniza y contextura delgada. Ojos marrones o grises, cejas tupidas y oídos resistentes. El día de nuestra primera sesión no sé si fue un lunes, un martes o un viernes. No lo recuerdo. Sí me acuerdo, en cambio, mi estado de “crisis”. Me acuerdo que llegué y hablé mucho. Después lloré con vergüenza, sintiendo que las lágrimas me salían a borbotones, una tras la otra. Lloré por decepción, por tristeza, porque me sentía perdida. Porque no entendía. Hasta que de tanto llorar, me tranquilicé. Al mes siguiente empezaron los cambios. Corté con una relación, embalé cajas y me mudé. Y seguí llorando, con los recuerdos de algo que había terminado.

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Vengo a pedir sangre

Vengo a pedir sangre

“Pican pero no muerden”. La frase la pronuncia un señor alto de pantalón de jean clarito y campera de cuero gastada que sube en una estación de la línea de subte “E” para vender unos pega-pega. “Trepan pero no roban”, dice después con la seguridad que caracteriza a todo buen vendedor, mientras suelta algún que otro chiste. Camina unos pasos y estira las pegatinas. Las pega en el techo. Y las despega. La gente lo mira. En uno de los bancos de madera antigua hay una señora y un nene chiquito que juega. En otro un joven de piel morena vestido con una chaqueta oscura y una camisa que lleva un alzacuello. Es sacerdote. Al frente un hombre un poco más grande de pelo rubio viste una túnica negra y alza una biblia. Concentra los ojos en la biblia. Mientras tanto el vendedor habla. Y empieza a contar su historia.

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Ajustes y otras yerbas

Ajustes y otras yerbas

Por Florencia Gagliardi | @mfgagliardi

Perdí mi documento hace un par de días. No sé exactamente cuándo. Pero me enteré tarde, cuando lo quise buscar en la billetera y no estaba. Revisé una vez, revisé dos y nada. Lo primero que pensé fue que podía estar en alguna cartera, en alguna campera, o en algún recoveco tirado, solo y perdido. O incluso -pensé- podía estar escondido en algún libro. Por eso busqué un poco más. Di vuelta todo. Absolutamente todo. Y después me di por vencida. No estaba. No sé cuándo fue que me volví tan despistada. Hace un tiempo, quizás no mucho, el psicólogo me dijo que tenía que hacer “algunos ajustes” porque siempre hay cositas por “mejorar”. Y yo le dije que sí, que tenía razón, que estaba bien. Que había que “ajustar”. Y mientras decía la palabra “ajuste”, haciendo énfasis en la jota, me acordé de mi viejo, que siempre nos insistió a mí y a mis hermanos con la “organización” y el “orden” y todas esas cosas que ahora cobran más sentido.

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Anteojos o anteojitos: la aventura de ver poco, o no ver nada

Anteojos o anteojitos: la aventura de ver poco, o no ver nada

Por Florencia Gagliardi | @mfgagliardi

Uso anteojos desde los cinco o seis años. Todavía no sé pero por algún motivo mi mamá decidió guardar los primeros anteojitos bien chiquitos que tuve. Y yo todavía los conservo. Eran rosas. Como los de ahora. Pero más redonditos. Así como se ven. Yo era mini, muy mini, pero me acuerdo muy bien estar sentada en el sillón marrón oscuro del oculista, en Caballito, y escucharlo decir que me iba a tener que recetar anteojos o anteojitos. Porque yo era mini, muy mini. Y también me acuerdo de la cara de alivio de mi hermano cuando salió del consultorio de paredes amarillas ahí en Caballito más contento que yo porque él sí veía bien. Él no tenía que usar anteojitos.

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