La heladería china

La heladería china

Qué dicen los sueños. Qué significan. Son las 6.29. La batería del teléfono marca cien por ciento y no puedo dormir. Escucho el motor de un auto, el ruido del aire acondicionado y nada más. Agarro el celular y escribo. Tengo los ojos medios entreabiertos. Pienso en el sueño. Lo último que me acuerdo es de una heladería. Estoy en un local con parque en el que atienden asiáticos. Creo que son chinos. Hay unos asientos blancos de madera que interfieren el paso de la entrada. Hay señoras grandes. Todas grandes que quieren avanzar y los bancos se lo impiden. Les tiendo la mano para que pasen sin caer. Tengo miedo de que se caigan. Segundos después los dueños del local corren los bancos y los repliegan. De un momento a otro todo lo lindo y nuevo desaparece. Las luces no funcionan y ya no hay gente. La heladería está abandonada. Leer más

Recuerdos de mi abuela

Recuerdos de mi abuela

Por Florencia Gagliardi | @mfgagliardi

Hace cuatro años ya no está, pero el barrio de Caballito conserva un soplo de su vida. De sus risas alborotadas, de sus berrinches de quinceañera. Dicen que los recuerdos tienen la capacidad de transformarse. Llegan como aromas y sonidos que recrean instantes. Caballito es un poco ella, Francisca o Elvira. Para mí, sólo la abuela.

No sé cuándo empezamos a ir por las mañanas a su casa, para mí fue desde siempre. Nos despertábamos temprano y nos vestíamos todavía medio dormidos. Agarrábamos las mochilas, caminábamos por el pasillo y nos subíamos al auto de papá, un Renault azul algo despintado. En los días de invierno, cuando el coche no arrancaba por el frío, mi hermano Gonzalo cruzaba los dedos y me miraba con complicidad. Teníamos la superstición de que si hacíamos eso, el auto arrancaría pronto. Avanzábamos por Tandil, hasta la Avenida Directorio y doblábamos en Emilio Mitre, justo en la esquina del tranvía.

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Vengo a pedir sangre

Vengo a pedir sangre

“Pican pero no muerden”. La frase la pronuncia un señor alto de pantalón de jean clarito y campera de cuero gastada que sube en una estación de la línea de subte “E” para vender unos pega-pega. “Trepan pero no roban”, dice después con la seguridad que caracteriza a todo buen vendedor, mientras suelta algún que otro chiste. Camina unos pasos y estira las pegatinas. Las pega en el techo. Y las despega. La gente lo mira. En uno de los bancos de madera antigua hay una señora y un nene chiquito que juega. En otro un joven de piel morena vestido con una chaqueta oscura y una camisa que lleva un alzacuello. Es sacerdote. Al frente un hombre un poco más grande de pelo rubio viste una túnica negra y alza una biblia. Concentra los ojos en la biblia. Mientras tanto el vendedor habla. Y empieza a contar su historia.

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Anteojos o anteojitos: la aventura de ver poco, o no ver nada

Anteojos o anteojitos: la aventura de ver poco, o no ver nada

Por Florencia Gagliardi | @mfgagliardi

Uso anteojos desde los cinco o seis años. Todavía no sé pero por algún motivo mi mamá decidió guardar los primeros anteojitos bien chiquitos que tuve. Y yo todavía los conservo. Eran rosas. Como los de ahora. Pero más redonditos. Así como se ven. Yo era mini, muy mini, pero me acuerdo muy bien estar sentada en el sillón marrón oscuro del oculista, en Caballito, y escucharlo decir que me iba a tener que recetar anteojos o anteojitos. Porque yo era mini, muy mini. Y también me acuerdo de la cara de alivio de mi hermano cuando salió del consultorio de paredes amarillas ahí en Caballito más contento que yo porque él sí veía bien. Él no tenía que usar anteojitos.

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Decir adiós

Decir adiós

Por Florencia Gagliardi | @mfgagliardi

Decir adiós no es fácil. Requiere, ante todo, coraje. Pero también decisión. Es la aceptación de que algo ya no está, de que algo se fue. Es inflar el pecho, contener la respiración y avanzar con la mirada hacia adelante, nunca hacia atrás. Decir adiós es algo humano. Es entender que la vida no es estática. Que la vida sigue, se mueve y cambia. A veces más rápido de lo que pensamos.

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