La enseñanza de lo simple

La enseñanza de lo simple

Hace cuatro años atrás la mamá de mi mejor amiga me regaló una planta enredadera de flores rosas. Por primera vez que vivía sola y no podía faltar una planta en mi balcón. Siempre había querido tener plantas, pero por cuestiones que ahora no vienen al caso, no lo había hecho en el viejo departamento donde había vivido. Era el año 2015 y recién mudada a Villa Urquiza, los padres de mi amiga me acompañaron a comprar algunas cosas que me faltaban para la casa y entre todas, apareció la enredadera de flores rosas como un obsequio. Mi primera planta y de las que más me iban a terminar enseñando. Se fue una primavera y un verano y la planta todavía daba sus flores. En el medio pasaron muchas cosas. Mudanzas, desamores, despedidas, risas y lágrimas. Personas que se fueron y otras que llegaron. Barrios nuevos. De Villa Urquiza a Flores, de Flores a Caballito y de Caballito, a San Isidro. Y así se fueron los 25, los 26, los 27 y llegaron los 28.

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“Levanté los huesos de mis padres y los traje en el auto”

“Levanté los huesos de mis padres y los traje en el auto”

No sé en qué momento escuché la palabra “huesos”. Sé, en cambio, que  la frase que siguió me sorprendió. “Levanté los huesos de mis padres y los traje acá en el auto”, dijo, señalando el asiento derecho, en un estado de serenidad y la mirada puesta en el espejo retrovisor. Los ojos café oscuros, el pelo gris, la voz suave. Lo dijo calmo, sin inmutarse en absoluto. Como si juntar los huesos de los muertos fuese algo de todos los días, como si se tratara de algo natural. En ese momento hilvané de nuevo la frase. La palabra “huesos” y después el resto de la oración.

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La heladería china

La heladería china

Qué dicen los sueños. Qué significan. Son las 6.29. La batería del teléfono marca cien por ciento y no puedo dormir. Escucho el motor de un auto, el ruido del aire acondicionado y nada más. Agarro el celular y escribo. Tengo los ojos medios entreabiertos. Pienso en el sueño. Lo último que me acuerdo es de una heladería. Estoy en un local con parque en el que atienden asiáticos. Creo que son chinos. Hay unos asientos blancos de madera que interfieren el paso de la entrada. Hay señoras grandes. Todas grandes que quieren avanzar y los bancos se lo impiden. Les tiendo la mano para que pasen sin caer. Tengo miedo de que se caigan. Segundos después los dueños del local corren los bancos y los repliegan. De un momento a otro todo lo lindo y nuevo desaparece. Las luces no funcionan y ya no hay gente. La heladería está abandonada. Leer más

Recuerdos de mi abuela

Recuerdos de mi abuela

Por Florencia Gagliardi | @mfgagliardi

Hace cuatro años ya no está, pero el barrio de Caballito conserva un soplo de su vida. De sus risas alborotadas, de sus berrinches de quinceañera. Dicen que los recuerdos tienen la capacidad de transformarse. Llegan como aromas, sonidos y texturas que recrean instantes. Caballito es un poco ella, la abuela Francisca o Elvira.

No sé cuándo empezamos a ir por las mañanas a su casa, para mí fue desde siempre. Nos despertábamos temprano y nos vestíamos todavía medio dormidos. Agarrábamos las mochilas, caminábamos por el pasillo y nos subíamos al auto de papá, un Renault azul algo despintado. En los días de invierno, cuando el coche no arrancaba por el frío, mi hermano Gonzalo cruzaba los dedos y me miraba con complicidad. Teníamos la superstición de que si hacíamos eso, el auto arrancaría pronto. Avanzábamos por Tandil, hasta la Avenida Directorio y doblábamos en Emilio Mitre, justo en la esquina del tranvía.

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Alejandro, mi psicólogo

Alejandro, mi psicólogo

Él probablemente ni siquiera sepa que escribo esto. Digo probablemente porque quizás nunca se entere. En una libreta de tapa dura y hojas rayadas hay un nombre y un teléfono. En una de las primeras páginas aparece escrita una dirección, un barrio y cuatro líneas de colectivo. Me acuerdo que eran cerca de las 12 del mediodía de mayo de 2015. En realidad no supe bien qué decir, ni cómo. Así que llamé y dije esto: “ Una amiga me dijo que podía llamarlo, que no iba a perder nada, porque a ella la había ayudado y que a mí podía ayudarme. Al otro lado del teléfono la voz se escuchaba suave. Después de preguntarme mi nombre y anotar mi teléfono, acordamos un lugar y hora. Así empezó todo.

Cuando hablo de él, hablo de mi psicólogo: un hombre de quizás sesenta y pico de años, pelo ceniza y contextura delgada. Ojos marrones o grises, cejas tupidas y oídos resistentes. El día de nuestra primera sesión no sé si fue un lunes, un martes o un viernes. No lo recuerdo. Sí me acuerdo, en cambio, mi estado de “crisis”. Me acuerdo que llegué y hablé mucho. Después lloré con vergüenza, sintiendo que las lágrimas me salían a borbotones, una tras la otra. Lloré por decepción, por tristeza, porque me sentía perdida. Porque no entendía. Hasta que de tanto llorar, me tranquilicé. Al mes siguiente empezaron los cambios. Corté con una relación, embalé cajas y me mudé. Y seguí llorando, con los recuerdos de algo que había terminado.

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