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Por Florencia Gagliardi | @mfgagliardi

Perdí mi documento hace un par de días. No sé exactamente cuándo. Pero me enteré tarde, cuando lo quise buscar en la billetera y no estaba. Revisé una vez, revisé dos y nada. Lo primero que pensé fue que podía estar en alguna cartera, en alguna campera, o en algún recoveco tirado, solo y perdido. O incluso -pensé- podía estar escondido en algún libro. Por eso busqué un poco más. Di vuelta todo. Absolutamente todo. Y después me di por vencida. No estaba. No sé cuándo fue que me volví tan despistada. Hace un tiempo, quizás no mucho, el psicólogo me dijo que tenía que hacer “algunos ajustes” porque siempre hay cositas por “mejorar”. Y yo le dije que sí, que tenía razón, que estaba bien. Que había que “ajustar”. Y mientras decía la palabra “ajuste”, haciendo énfasis en la jota, me acordé de mi viejo, que siempre nos insistió a mí y a mis hermanos con la “organización” y el “orden” y todas esas cosas que ahora cobran más sentido.

Supongo que en la vida siempre hay cositas por ajustar. Por eso cuando perdí el documento, esta última vuelta, lo primero que pensé fue en los “ajustes”. Una amiga, muy amiga, me contó que hace poco su compañera de trabajo perdió el documento y entró en el veraz. Pero lo del veraz no fue así porque sí: a la piba le falsearon la identidad y se le armó flor de quilombo. Así que cuando me avivé de que había perdido el documento pensé en ir a hacer la denuncia y después me consolé diciendo para mí misma que era mejor porque ya que estaba hacía el cambio de domicilio y ya que estaba sacaba el pasaporte. Todas excusas un poco baratas para justificar mi despiste.

La comisaría 12 está ubicada sobre una calle adoquinada que se llama Valle, en el barrio de Caballito. Valle, para mí, es mucho más que una calle. Valle es parte de mi infancia. A unas cuadras de Valle está el colegio Monseñor Sabelli, donde hice jardín y primer grado. Ahí en Valle al 800, a media cuadra de Centenera, vivió y vive mi familia. Me acuerdo que cuando éramos chicos, bien chicos, a veces mi tía nos pasaba a buscar por el colegio y hacíamos el ritual de las flores: mientras caminábamos elegíamos las más lindas y coloreadas y sigilosamente las arrancábamos. Me acuerdo que a mi abuela no le gustaban las flores, por eso siempre le llevábamos algún que otro ramito de hoja de menta porque eso, en cambio, sí le gustaba y mucho. La calle Valle es algo parecido a un pasaje donde hay muchas casas bajas, algunas más antiguas y de estilo colonial, y otras de estilo más moderno. En Valle ahora hay edificios altos que contrastan con las casitas bajas, antiguas y también con las casas de estilo moderno y más “chic”. A Valle todo le sienta bien. Muy bien. La comisaría 12 es una especie de caserón pintado en sus bordes de azul oscuro y resguardado con rejas negras que se lucen más cuando el sol se posa a media tarde y alumbra toda la fachada.

El martes, cuando fui a hacer la denuncia de mi despiste, había varios policías en la puerta: algunos haciendo nada, otros charlando debajo del sol. “Es por el DNI, creo que lo extravié”, le dije a uno. “La primera puerta a la derecha”, me contestó con una mueca de simpatía. Caminé unos pasos y ya estaba ahí, en la primera puerta. Me senté en una silla de esas de plástico que hay en forma de hilera. Al lado mío había un hombre que parecía chino y sonreía mucho. No sé pero parecía estar contento. Del otro lado un señor no sonreía nada. Un poco más al fondo dos o tres mujeres policías charlaban alto y había un hombre, bastante más joven, que quizás oficiaba de administrativo. Dos de las mujeres estaban vestidas con delantal azul oscuro y largo, de esos de estilo forense, y otra con uniforme, sin la típica pechera naranja que llevan los policías. Miré un poco el lugar y entre las computadoras, enumeradas con un papelito blanco y distintas letras del abecedario, había hojas, impresoras y sellos de oficina. En la pared de color blanco estaban colgados dos cuadros de los comisarios a cargo. También un cartel con la leyenda #NiUnaMenos. Lo loco de esos lugares, pensé, es que siempre se mantienen inherentes al paso del tiempo y si cambia el comisario, sacan la foto del cuadrito y ponen otra. Pueden pasar los años, cambiar los policías, pero todo en esencia se mantiene igual, a no ser por los cuadritos.

La oficial de bata azul preguntó quién seguía y yo, media perdida, asentí con la cabeza. “Pasá por acá”. Le expliqué que no tenía el DNI porque lo había perdido o “extraviado” y quería hacer la denuncia. La mujer, pelo rubio amarillo y algo seria, procedió con el tecleo de la información. Hay una cierta formalidad en los policías que los vuelve rígidos y tiesos. Se nombran por sus apellidos y suelen repetir palabras muy poco coloquiales para el léxico común. Me senté y empezó la ronda de preguntas. “Apellido, nombre, edad, estado civil, domicilio”. Contesté todas. Después una pausa. La oficial se tomó su tiempo para teclear cada respuesta, como si la computadora fuese algo de la prehistoria. Respiró un poco y lanzó junto a una bocanada de aire la última pregunta. ¿Ocupación, tenés? “Sí” -dije- “Periodista”. Y anotó. Después imprimió el papel de la denuncia y me pidió que lo leyera. Lo leí con atención y corregí un detalle chiquito. “Quedate tranquila que lo imprimo de nuevo”. Algunos segundos después firmé la hoja y me entregó una copia. Le pregunté dudosa si ya con eso estaba cubierta por cualquier despelote y dijo que sí. “Gracias”, contesté y me fui. Con el certificado de extravío en el bolsillo y los ajustes a medio andar. Porque en la vida siempre hay cositas por ajustar.

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