No sé en qué momento escuché la palabra “huesos”. Sé, en cambio, que  la frase que siguió me sorprendió. “Levanté los huesos de mis padres y los traje acá en el auto”, dijo, señalando el asiento derecho, en un estado de serenidad y la mirada puesta en el espejo retrovisor. Los ojos café oscuros, el pelo gris, la voz suave. Lo dijo calmo, sin inmutarse en absoluto. Como si juntar los huesos de los muertos fuese algo de todos los días, como si se tratara de algo natural. En ese momento hilvané de nuevo la frase. La palabra “huesos” y después el resto de la oración.

Leer más