“Pican pero no muerden”. La frase la pronuncia un señor alto de pantalón de jean clarito y campera de cuero gastada que sube en una estación de la línea de subte “E” para vender unos pega-pega. “Trepan pero no roban”, dice después con la seguridad que caracteriza a todo buen vendedor, mientras suelta algún que otro chiste. Camina unos pasos y estira las pegatinas. Las pega en el techo. Y las despega. La gente lo mira. En uno de los bancos de madera antigua hay una señora y un nene chiquito que juega. En otro un joven de piel morena vestido con una chaqueta oscura y una camisa que lleva un alzacuello. Es sacerdote. Al frente un hombre un poco más grande de pelo rubio viste una túnica negra y alza una biblia. Concentra los ojos en la biblia. Mientras tanto el vendedor habla. Y empieza a contar su historia.

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