Por Florencia Gagliardi | @mfgagliardi

Una mujer de 87 años se lleva la mano al pecho y la estrecha con fuerza a la altura del corazón.  Después empieza a cantar las estrofas del himno nacional. “¡Oíd, mortales! el grito sagrado: ¡libertad!, ¡libertad!, ¡libertad!”. En cada palabra que repite lo hace de nuevo, con toda la entrega que su cuerpo longevo le permite. Una adolescente no logra contener las lágrimas y llora. Suave, pero llora. Las gotas resbalan por su mejilla y tejen dos surcos en su rostro. Mira al suelo con algo de timidez, con algo de incomprensión, y vuelve los ojos al frente para entonar los versos que siguen: “Sean eternos los laureles…”.

Son más de ocho de la noche y la plaza está abarrotada de gente. Incluso hay personas concentradas en los laterales de las calles Roque Sáenz Peña y Julio A. Roca. Algunos llevan pancartas, otros, remeras estampadas y no faltan los que están cubiertos por banderas argentinas. En todos hay una leyenda dibujada al pulso del desconcierto que dice lo siguiente: “Todos somos Nisman”, en alusión al fiscal de la causa AMIA encontrado muerto en su departamento un día antes de declarar y ampliar su denuncia contra el Gobierno acusado de negociar un pacto con Irán y tapar el atentado. Leer más